Sociedad Filarmónica de Oviedo

Achúcarro devuelve el oro con creces

12/06/2013

El genial pianista bilbaíno ofreció ayer un impresionante recital después de recibir el máximo galardón de la Sociedad Filarmónica de Oviedo.

 

A la vez número veintiséis va la vencida, así que el pianista bilbaíno Joaquín Achúcarro recibió ayer la medalla de oro de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Veintiséis conciertos en casi sesenta años que desembocaron en un cálido homenaje y en un recital posterior, verdaderamente maravilloso.


En el escenario, el presidente de la Sociedad Filarmónica, Jaime Álvarez-Buylla, recordó las difíciles vicisitudes de la institución a lo largo de más de un siglo, especialmente «el proceso revolucionario de octubre de 1934 y la Guerra Civil española».


«Joaquín Achúcarro», dijo el doctor Álvarez-Buylla, «siente gran entusiasmo por las sociedades filarmónicas, instituciones culturales y de verdad; habrá pocas oportunidades en las que una conexión espiritual tenga más hondo sentimiento».


El homenajeado comentó cómo la primera vez que vino a Oviedo a tocar salió de Bilbao en tren, bien de mañana, y llegó a la capital asturiana a las diez y media de la noche. Recordó a Pedro Masaveu y a Manuel Álvarez-Buylla, presidentes de la Filarmónica, y del actual destacó cómo ha recogido la magnífica «antorcha de la sociedad y la lleva adelante». Dijo que en ninguna otra institución española similar se puede decir que, como en la de Oviedo, tocó Rachmaninov. Sobre la música, indicó que ya en Atapuerca se tocaban la flauta y la percusión.


Tras recibir la medalla de oro de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, la esposa del pianista, Emma Achúcarro, intervino un instante y muy emocionada dijo: «Debemos mucho a esta sociedad». En los años cincuenta tocó en la Filarmónica ovetense con su esposo.


Y del cálido homenaje al esperado concierto.


Achúcarro, frente a lo que es habitual, comentó las obras. Y es que se trataba de una velada muy especial. En la primera parte dos fantasías de Mozart y de Schumann.


La de Mozart, belleza y perfección máximas, bastó para justificar la sesión. La de Schumann fue extraordinaria en manos del maestro bilbaíno, con un derroche de sentimientos y calidades. En la segunda parte, cuatro preludios de Rachmaninov -aunque parezca casi mentira, tocó en la Filarmónica de Oviedo, como recordó Achúcarro- que pintaron sucesivos escenarios, hasta el último, tan conocido. El compositor llegó a odiarlo de tanto como tuvo que tocarlo. De oír a Achúcarro lo habría amado. Después, «El amor y la muerte», de Granados, quizá lo mejor de la jornada; «El Puerto», de Albéniz, y la «Alborada del gracioso», de Ravel, completaron la cita. Salió a saludar seis veces. Los aplausos sumaron más de cinco minutos. Regaló un nocturno de Grieg y un vals y un estudio de Chopin.

 

Fuente: LNE




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